Cómo me encuentro a mí mismo

Voy a contaros cómo me encuentro a mí mismo. Puede que sea un secreto, no es mi intención, es un hecho, es algo de dentro, por lo tanto no es que sea sagrado, pero sí que es profundo, tan profundo que he aprendido a traerlo aquí mismo, dejarlo aquí al lado, pa que lo recibas, pa que lo leas, y te jartes de mi mismo.

Así soy yo, un desprendío, un malhablado, un…. Uno de esos que se encuentran a sí mismos.

Ojo, que hubo un tiempo en los que era muy difícil. No sabía dónde estaba, no me localizaba. Y así me iba, desgarrao por dentro, que no sabía ni cómo mirar, ni cómo sentir la vida fluir como un río de aguas bravas o serenas, según el momento lo pida.

El truco para encontrarme   a mi mismo es desapegarme, un poco, sin excesos, lo justo para que el ego se diluya, así, minuciosamente, como quien mima un detalle. Y en ese lujo momentáneo, el corazón se abre… ¡voilá! Así se ama, se vuela, y las cosas se hacen porque sí, porque no queda otra, porque no está ni escrito, ni leído, ni pensado: simplemente se es, sin más, se es.

Mentiría si no estuviera hablando de libertad, y mentiría también si no os hablase de ser prisionero, pero imaginemos más bien un esclavo libre, que sí, que ha sido o es esclavo, pero goza de la libertad para no serlo. Luego ya si uno tiene el valor para disfrutar de su libertad, eso ya es otro cantar, y en verdad que mi melodía en este pentagrama de lo que trina es de otro pinar.

Cueando me encuentro a mi mismo, me saludo, con alegría, con júbilo, pues hacía mucho que no me encontraba, me refiero así, contento, con esa frecuencia especial, la que otorga el momento presente. Pues, al estilo Parménides, qué le vamos a hacer si uno es siempre el mismo Heráclito.

 

 

 

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